sábado, 7 de abril de 2012

Isadora






Me gusta Isadora.
Estoy enamorado de Isadora.
No. Ninguna de las dos.
No importa cuanto me esfuerce no sé como expresar lo que siento por ella.
Esto también se escucha ridículo. Definitivamente no hay forma.

La conozco desde hace más de diez años. Éramos niños en ese entonces. Pero no éramos vecinos, ni compañeros de colegio ni el amigo de un amigo de un primo del bodeguero. No. Nosotros éramos distintos. Isadora y yo nos conocimos en un desfile. Yo aún estaba en inicial, claro en inicial… Salimos todos los niños a desfilar por fiestas patrias, íbamos disfrazados de los héroes de la independencia. Según un acuerdo no firmado entre mi mamá y la señorita Martha, mi profesora, yo estaba disfrazado de Bernardo Alcedo aunque el trajecito azul, la corbatita roja y los zapatos de charol ni siquiera a mí a los tres años y medio me daban una referencia lejana de ese tal Alcedo.

Mis compañeros tampoco daban la apariencia de algún personaje de aquellos y, por el contrario, el esfuerzo de sus mamás porque fuera así funcionaba a la inversa. Los bigotes y las barbas postizas, los lazos, el colorete en las mejillas, las espadas de cartón, las botas de esponja, entre tantas otras cosas daban una apariencia ridícula al grupo de personitas amontonadas en una esquina del parque principal esperando su turno para pasar delante de tanta gente que aplaudiría sin mayor remedio. Más que héroes independentistas parecíamos una delegación de pitufos en un carnaval, pero eso ahora no importa. Los recuerdos de los primeros cuatro años de vida desaparecen con facilidad a menos que se constituyan en traumas, aficiones o, como es mi caso, en amores de larga duración. (Ni siquiera espontáneamente deja de escucharse ridículo). Todo lo demás es desechado y si acaso sobreviven es únicamente por las fotografías con bordes blancos en papel brillante ahora amarillento.


Recuerdo ese día como una maravillosa mañana soleada. Me ardían los pies por llevar tanto tiempo en el mismo lugar. Además estaba muy aburrido. Nunca hable mucho con los otros niños o sea que en situaciones como esa me encontraba solo. Mi mamá acosándome con un termo en la mano no contaba, tampoco la señorita Martha ni aquella auxiliar de ojos horribles y piernas extrañas. No, en esos momentos hace falta alguien que sepa como te sientes, que tenga tantas ganas de joder a los demás como tú o al menos alguien de tu misma estatura física.
Comenzamos a desfilar cerca de las once. Era un crimen que niños de inicial desfilaran entre dos bandas de músicos y diez caballos con policías incorporados. La gente en las calles daba igual. Aplaudirían cualquier cosa que pasara delante suyo, como ocurrió con nosotros. Era tan indignante, hasta ese momento.

Recién cuando terminamos de hacer el recorrido por el parque me di cuenta de que no éramos el único colegio inicial en el desfile. Después de nosotros pasaron otros dos colegios con niños disfrazados quien sabe de qué pero tan ridículos como nosotros. Eso me satisfizo por un momento. Tenía tantas ganas de burlarme de ellos con todo lo conchudo que se pudiera ver. Es cierto que ahora me parece desagradable que se trate como idiotas a los niños, pero en ese momento solo quería reírme un poco. Para joder de cerca necesitaba de más personas y no contaba con ellas así que a una cuadra de distancia comparaba sus disfraces con los nuestros y me burlaba de ellos. La botas, las espaditas, las barbas con elástico, el betún en las patillas, todo era tan gracioso, tan burdo, tan idéntico… era como burlarse de uno mismo. Fue precisamente mientras buscaba los otros disfraces de Bernardo Alcedo – si es que los había – que vi por primera vez a Isadora.


Desde la primera vez que la vi sentí algo muy intenso hacia ella. En ese momento fue rabia. Como era posible que esa niña, esa en especial, no estuviese disfrazado como todos los demás. No podía tolerar que mientras nosotros (en realidad, me refiero solamente a mí) soportábamos el calor, el hambre y las miradas enfermizas de la gente más alta, ella pudiese ir y venir por la calle a su gusto usando esas zapatillas blancas de Hush Puppies, esos horribles pantalones con un animalito amarillo en los costados, ese polo de color raro y unos lazos cojudamente enormes. Solo verla era insoportable. Sencillamente era injusto. No había excusa para que se librara del martirio colectivo. No podía entenderlo, pero luego pude. Me di cuenta que estaba cerca de su mamá y que se la pasaba revoloteando alrededor de ella y que hablaba con los niños de uno de los otros colegios. ¿Qué pasaba? Acaso nadie la obligó a estar en el desfile ese día. Eso me enfurecía más. Pero decidí no dejarme llevar por ella. Seguramente - pensaba yo, en ese entonces – era una de esas personas que solo están cerca de ti para arruinarte la vida aunque sea por un instante. Sería mejor tratarla como a los otros niños. Claro, aunque no llevara disfraz podía tomarla de punto. Era un poco más alta que los otros niños y su cuello demasiado largo, sus ojos, por el contrario, eran muy pequeños, tenía una nariz extraña, su cabello y su cabeza en general parecía una mezcla de muchas cosas coronadas con esos lazos tan enormes y tan idiotas.

Mientras hablaba con sus compañeros, noté que llevaba una pelota naranja entre las manos, la sostenía con cierta gracia. En fin, tal vez era el aburrimiento o tal vez es que trataba de llamar la atención de un niño. Obviamente él no le prestaba mayor atención. También que el pobre ya tenía demasiado de qué preocuparse con sus anteojos aterradores y el peluquín que llevaba mal puesto por lo tanto los jueguitos de Isadora le importaban lo más mínimo. Así que Isadora se decidió y prefirió la pelota en lugar del niño.

Después de un rato su mamá la agarró de la mano y la separó de sus amigas. Más a favor para la pelota que no dejaba de subir y bajar estando en manos de Isadora. De repente la pelota bajó demasiado, hizo una finta, rodó hasta caer de la vereda, cruzó la calle y terminó en el otro extremo, cerca de mí, a mis pies. Por un momento no supe qué hacer. Apenas si miré la pelota un segundo, dudando en levantarla, y cuando miré de nuevo hacia el frente vi a Isadora corriendo, acercarse haciendo el mismo recorrido que la pelota para igual que aquella terminar a mis pies. Isadora recogió la pelota con calma, la limpió con un soplido, levantó la mirada, me vio un tanto extrañada y entonces hizo algo que jamás le perdonaré: sonrió.