sábado, 6 de octubre de 2012

06 de octubre. Desde temprano.


Hoy el día está pasando lento. El "Hoy día" es literal. Un pájaro color negro pasa el cielo. De manera lenta, me olvidé aclarar. La gente camina despacio. Como contando los pasos. Como revisando el camino. Como evitando caerse. O no volver hacerlo. Insisto, el día transcurre lento. Todos se toman la molestia de sonreír justificando su sonrisa o dando la opción al múltiple significado. Nadie se cansa. O es que se cansan por etapas -y eso para mí es maravilloso- hasta que lleguen al estado de la fatiga probablemente ya habrá anochecido. O quizás ya será un nuevo día. Me pregunto si alguien estará haciendo el amor mientras escribo, y también me pregunto si esta parsimonia influirá en él, y cómo. Quiero hacer el amor, para saberlo. ¿Cómo serían los orgasmos? Quizá sean como los pájaros color negro que acaban de cruzar el cielo: Uno detrás de otro. Esa dinámica repetida con una lenta frecuencia varias veces; en número lentos. Ahora deben estar comiendo en cámara lenta. ¿Quién será el editor del tiempo hoy? ¿El director de escena? ¿El de arte? ¿Quién? ¿Me daría un autógrafo? El tiempo está lento, desde ayer en la noche, lo noté. ¿Lo noté? ¿Sólo yo? O ¿alguien más? Me gustaría que me lo dijeran. Si es mucho roche, en secreto nomás. Pero que me lo expliquen lentamente.

lunes, 27 de agosto de 2012

De qué hablamos cuando hablamos


«Nuestros dolores tienden a aliviarse leyendo. Mentira. No se alivian: cambian de dirección. Salen de casa.» dice Andrés Neuman en un post de su blog. Y es cierto, los temores se escapan, las realidades se vuelven lejanas, los temores y el dolor no se calman, se anestesian, se duermen, el desencanto se serena, se apena, se vuelve indefenso, su inocuidad conmueve. Pero está ahí. Escribir así como leer, tiene sus riesgos melancólicos, el feliz también escribe, pero el triste escribe más. El triste busca la compañía lejana, sutil, compasiva y permisiva de las letras, de la conciencia, de sí mismo. Escribir permite ser un tercer personaje en la obra, ser un observador de uno mismo. Pero escribir aveces es como hablarle a un hueco profundo que no responde ni con el eco. «No le cuentes nada a nadie», finaliza aquel libro que me gusta tanto, El guardián entre el centeno. «No le cuentes nada a nadie. Si lo haces, empiezas a echar de menos a todo el mundo.». Ahora mismo escribo. Adivina qué. Te empecé a extrañar. Cuando uno escribe extraña hasta lo que no tiene lejos. Son esos momentos en los que uno debo parar.

lunes, 20 de agosto de 2012

God only knows

God only knows what i'd be without you



Ese día fui a su casa para dejarle dos libros que me había prestado, aunque en realidad quería saber cómo estaba. Ese día él me llamó temprano, para preguntarme si había terminado mi trabajo universitario, aunque en verdad me había llamado para saber cómo estaba. Toqué la puerta de su casa, la había dejado de ver por algunas semanas, seguía igual de pequeña, igual de acogedora, las grietas de la madera vieja seguían ahí, el color verde deslucido también, me encantaba esa casa. Abrió él mismo,me pidió que pasara, se sentó en el mueble de la sala, aquel mueble donde su abuela se acompañaba de la tarde para ver pasar las horas. No dijo nada, sólo se sentó frente al televisor apagado. Yo estaba nerviosa, pese a los años y pese a que era yo la que había decidido dejar de verlo, porque creía en aquel tiempo que las razones eran suficientes, porque en aquel tiempo daba pasos y saltos como en una rayuela, al azar. Pese a eso, estaba nerviosa. Le entregué los libros, uno era El joven García Madero, y el otro En busca del tiempo perdido, le regalé también unas fotocopias de un libro que me había gustado, el último que le di, La infancia del Mago. Los recibió todos, sin decir nada, sin darles importancia, los dejó sobre el apilado de libros que tenía sobre la mesa al lado del mueble. Seguía sin decir nada. Ese silencio me asustaba, entonces sospeché que no era más bienvenida ahí, me paré y cuando estaba apunto de decirle que me tenia que ir, me interrumpió diciéndome, que desde hace semanas estaba enfermo, que su dvd estaba fallando, que me extrañaba pero que ya nada le importaba, que la vida era un extraño cúmulo de acontecimientos desastrosos, que vivimos la vida con miedo, que ese miedo nos lleva a autoboicotearnos la felicidad, ¿la felicidad? sí, hablaba de la felicidad, sentado frente a un televisor apagado, sin mirarme. Terminó su discurso confuso contandome que llevaba todos los días tomando por las noches, que vivía un tiempo que quería olvidar pero que sabía que recordaría toda la vida. Que embriagado por el vino de cinco soles que le llevaba su amigo suicida, la vida le parecía un rinoceronte rojo, y Chiclayo una cola de serpiente, nunca entendí qué quiso decir con aquella metáfora. Me río, nos reímos, pero sabes que toda aquella parafernalia de luces y licor, son sólo una máscara de distracción, el desencanto está aquí, y lo sabemos con claridad cuando despertamos con aquella resaca que sólo los infelices conocemos.Cuando terminó de decir aquello, supe que debí irme cuando aún guardaba silencio, supe que el daño que había hecho era mucho más grande que las aparentes muestras de madurez y aquel derroche de sabiduría cruel y resignada ante la vida. Quise irme una vez más. Pero de pronto me miró, me miró con aquella mirada de antes, me pidió que no me vaya. Quiero que veas este capitulo de los Años maravillosos, ¿lo has visto? Siéntate. Eso ultimo lo dijo casi como una orden. Me senté. Y comenzamos a ver aquel capitulo, que nunca me pareció tan largo.Kevin Arnold y Winnie Cooper van de paseo escolar al museo. Aquel año estudiaron en distintos colegios. Al final del paseo, Kevin y Winnie se encuentran afuera del museo, con los buses a punto de partir, Winnie le confiesa a Kevin que ya no lo quiere, que se ha enamorado de otro. Cada quien sube al bus de su escuela, mientras la infaltable voz en off que narra la historia decía: "Y entonces supe que la chica de al lado se había ido y que mi vida no volvería a ser la misma jamás". En la toma final , como en la vida misma, como en una cruel metáfora, se ven partir los buses de un mismo punto, hacia distintos caminos. Mientras sonaba aquella canción de los Beach Boys, desde entonces inolvidable para mi. ♫ Si alguna vez me abandonases,Well life would still go on believe me,El mundo no podría mostrarme nada, Solo dios sabe que seria sin ti, Solo dios lo sabe ♫.Dejó sonando aquella canción. Vi sus ojos tristes mirarme. Sentí asomarse algunas lagrimas sobre los míos. Sentí que caían incontrolables sobre mi rostro, me preguntaba porque tanta crueldad. Por qué, por qué. Quería que alguien apareciera y me dijera que no siempre los finales son así. Me paré, porque supe que era el momento de irme. No dije nada, porque no supe que decirle. Él sólo me pidió que cierre bien la puerta al salir.

jueves, 2 de agosto de 2012

Morenita

No, yo sólo sé sentir. Desconozco las explicaciones. La verdad es que, nuevamente me perdí.
Quiero explicar muchas cosas, me dice. Y yo sé que ya no lo logrará, porque el llanto es más fácil después de todo. Pero... ¿de verdad?, me pregunto.
Fotografía del Lienzo de Humberto de Jesús Viña García
Pero ella llora y llora. Sé que esto va a empeorar.
Si no coge un cuchillo, si no toma pastillas, si no, hay tantos "si no" que no puedo dejar de imaginar.
Quiero acercármele, quiero explicarle que esta batalla no tiene sentido, que es mejor sonreír, hacerse "la fresca", "la que de nada se tiene que preocupar", la que puede ser hoy yo, y nadie más.
Mas... es más fácil llorar.
Arrebatarse por un momento, buscar culpables, buscar víctimas y pedirle permiso a las últimas si se puede "colar". No hay espacio- le dicen. 
Entonces, buscar un juego, donde ella pueda ser el personaje principal, aunque muera de la vergüenza, aunque todos la miremos, critiquemos a ella, o aunque sin hacerlo ella sienta que todos le hacemos daño.
Y yo no quiero, les juro, de verdad, yo no quiero que se pelee. Yo quiero que sea feliz. Toda la vida. Una mañana gris. Un ratito... 20 segunditos... y que los recuerde. Que los recuerde, para siempre.
Sin embargo no me escucha, se ha tapado los oídos con esas manitas sucias, con esas manitas frías, con esos nudillos arrugados que los quita de su antigua posición para apretar sus ojitos cerrados. 
Luego calmada, la abrazo, sin saber por qué... yo no soy así, yo soy como ella, yo no sé abrazar.
Pero si ella se deja, yo lo seguiré haciendo, me gusta hacerlo. Quiero que duerma, quiero dormirme junto a ella, quiero ser ella, cuando se reconcilie conmigo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Para la mujer aquella




Para la mujer aquella que no ve más allá de su nariz y mira más allá del cielo.
Para la mujer aquella que no puede quedarse callada,
que grita en silencio,
que grita por timidez.

Para ella y sus cabellos largos y negros.
Para ella que quiere ser feliz
y que tiene miedo,
que usa lentes estando ciega.
Para la sorda aquella que aprendió a susurrar en las copas de los árboles
al lado de las hojas.

Para ella verso, porque no podría hacer otra cosa.
Para ella el sueño ácido de la felicidad compartida.
Para ella, que siempre sumará dos y dos
sin hallar el resultado
pensando tal vez que le ha sido negado.

Para ella y sus ojos pequeños, redondos,
grandes,
chicos,
obtusos,
oblongos.

Para ella que duerme
que sueña,
que me sueña,
que sueña con otros,
que sueña con nadie
y que deja de soñar.

Para la mujer aquella que solo buscaba algún lugar donde perderse
porque ya no soportaba su propia presencia.
Por ella y por el lugar nunca encontrado.
Por esa ficción,
por los buques que flotan en las nubes
y los aviones que se sumergen en los mares.

Por todos aquellos que nunca la vieron,
por los que no la vieron como yo la vi.
Callada,
feliz,
sencilla,
compleja,
triste,
elocuente,
andando entre las piedras y las lápidas
cada vez más cerca del cielo,
cada vez más lejos de todo,
pero siempre cerca de su inevitable presencia.
Su propia presencia,
que hiere,
que cura,
que mata,
que nunca la deja tranquila.

Para la mujer aquella, la de las mil preguntas, y la de las respuestas nunca encontradas.
Para ella,
que supo cantar,
que supo jugar,
que supo reír
y que ya no pudo soportar.


miércoles, 2 de mayo de 2012

DESNUDA


Se ha dormido desnuda con la esperanza de ser vista, cuando alguien visitara su hogar.
Lo ha hecho para ver si éste avanza o se queda estático... o se va.
Se ha dormido desnuda, sin ropa, sin miedos ni vergüenzas. Se ha quitado hasta las pestañas que le cubrían lo invisible.
Y mientras duerme desnuda, total y enteramente desnuda sueña con un beso en los pies, de aquellos indulgentes y huérfanos de amor. De aquellos que marcarán el gran inicio de una historia, cualquier historia. Su historia.
Se ha dormido desnuda y es muy probable que se haya desnudado, mientras dormía, sin mover un solo músculo. Bajo el efecto del sueño profundo y de la espera.
Y mientras sigue durmiendo, desnuda, las horas pasan, esperando que esos labios se acomoden buscando el lado más sensible de sus muslos.
Dicen que soñar no cuesta nada... y ¿qué mejor, que seguir soñando?
Duerme desnuda, así, porque despierta, el amor le pide algo que ella probablemente no pueda ofrecer. Mientras que dormida tendrá opción a que sea la piel quien le ofrezca algo al amor, que éste no podrá rechazar.
Duerme desnuda, se mantiene desnuda, aunque a veces caiga en ligeros despertares. Desnuda, a la espera de la inocencia que anulará toda su experiencia… con el aliento del mejor "... te amo", desnuda, esperando la mejor de las etiquetas.
Desnuda duerme, y sus pechos, a la espera de una promesa. La primera. La única. La verdadera. La que realmente vale. Desnuda duerme y esboza una sonrisa.
Desnuda… desnuda para que los celos no aparezcan, pues ella hoy espera a dos, en sus soñolientos labios.

sábado, 7 de abril de 2012

Isadora






Me gusta Isadora.
Estoy enamorado de Isadora.
No. Ninguna de las dos.
No importa cuanto me esfuerce no sé como expresar lo que siento por ella.
Esto también se escucha ridículo. Definitivamente no hay forma.

La conozco desde hace más de diez años. Éramos niños en ese entonces. Pero no éramos vecinos, ni compañeros de colegio ni el amigo de un amigo de un primo del bodeguero. No. Nosotros éramos distintos. Isadora y yo nos conocimos en un desfile. Yo aún estaba en inicial, claro en inicial… Salimos todos los niños a desfilar por fiestas patrias, íbamos disfrazados de los héroes de la independencia. Según un acuerdo no firmado entre mi mamá y la señorita Martha, mi profesora, yo estaba disfrazado de Bernardo Alcedo aunque el trajecito azul, la corbatita roja y los zapatos de charol ni siquiera a mí a los tres años y medio me daban una referencia lejana de ese tal Alcedo.

Mis compañeros tampoco daban la apariencia de algún personaje de aquellos y, por el contrario, el esfuerzo de sus mamás porque fuera así funcionaba a la inversa. Los bigotes y las barbas postizas, los lazos, el colorete en las mejillas, las espadas de cartón, las botas de esponja, entre tantas otras cosas daban una apariencia ridícula al grupo de personitas amontonadas en una esquina del parque principal esperando su turno para pasar delante de tanta gente que aplaudiría sin mayor remedio. Más que héroes independentistas parecíamos una delegación de pitufos en un carnaval, pero eso ahora no importa. Los recuerdos de los primeros cuatro años de vida desaparecen con facilidad a menos que se constituyan en traumas, aficiones o, como es mi caso, en amores de larga duración. (Ni siquiera espontáneamente deja de escucharse ridículo). Todo lo demás es desechado y si acaso sobreviven es únicamente por las fotografías con bordes blancos en papel brillante ahora amarillento.


Recuerdo ese día como una maravillosa mañana soleada. Me ardían los pies por llevar tanto tiempo en el mismo lugar. Además estaba muy aburrido. Nunca hable mucho con los otros niños o sea que en situaciones como esa me encontraba solo. Mi mamá acosándome con un termo en la mano no contaba, tampoco la señorita Martha ni aquella auxiliar de ojos horribles y piernas extrañas. No, en esos momentos hace falta alguien que sepa como te sientes, que tenga tantas ganas de joder a los demás como tú o al menos alguien de tu misma estatura física.
Comenzamos a desfilar cerca de las once. Era un crimen que niños de inicial desfilaran entre dos bandas de músicos y diez caballos con policías incorporados. La gente en las calles daba igual. Aplaudirían cualquier cosa que pasara delante suyo, como ocurrió con nosotros. Era tan indignante, hasta ese momento.

Recién cuando terminamos de hacer el recorrido por el parque me di cuenta de que no éramos el único colegio inicial en el desfile. Después de nosotros pasaron otros dos colegios con niños disfrazados quien sabe de qué pero tan ridículos como nosotros. Eso me satisfizo por un momento. Tenía tantas ganas de burlarme de ellos con todo lo conchudo que se pudiera ver. Es cierto que ahora me parece desagradable que se trate como idiotas a los niños, pero en ese momento solo quería reírme un poco. Para joder de cerca necesitaba de más personas y no contaba con ellas así que a una cuadra de distancia comparaba sus disfraces con los nuestros y me burlaba de ellos. La botas, las espaditas, las barbas con elástico, el betún en las patillas, todo era tan gracioso, tan burdo, tan idéntico… era como burlarse de uno mismo. Fue precisamente mientras buscaba los otros disfraces de Bernardo Alcedo – si es que los había – que vi por primera vez a Isadora.


Desde la primera vez que la vi sentí algo muy intenso hacia ella. En ese momento fue rabia. Como era posible que esa niña, esa en especial, no estuviese disfrazado como todos los demás. No podía tolerar que mientras nosotros (en realidad, me refiero solamente a mí) soportábamos el calor, el hambre y las miradas enfermizas de la gente más alta, ella pudiese ir y venir por la calle a su gusto usando esas zapatillas blancas de Hush Puppies, esos horribles pantalones con un animalito amarillo en los costados, ese polo de color raro y unos lazos cojudamente enormes. Solo verla era insoportable. Sencillamente era injusto. No había excusa para que se librara del martirio colectivo. No podía entenderlo, pero luego pude. Me di cuenta que estaba cerca de su mamá y que se la pasaba revoloteando alrededor de ella y que hablaba con los niños de uno de los otros colegios. ¿Qué pasaba? Acaso nadie la obligó a estar en el desfile ese día. Eso me enfurecía más. Pero decidí no dejarme llevar por ella. Seguramente - pensaba yo, en ese entonces – era una de esas personas que solo están cerca de ti para arruinarte la vida aunque sea por un instante. Sería mejor tratarla como a los otros niños. Claro, aunque no llevara disfraz podía tomarla de punto. Era un poco más alta que los otros niños y su cuello demasiado largo, sus ojos, por el contrario, eran muy pequeños, tenía una nariz extraña, su cabello y su cabeza en general parecía una mezcla de muchas cosas coronadas con esos lazos tan enormes y tan idiotas.

Mientras hablaba con sus compañeros, noté que llevaba una pelota naranja entre las manos, la sostenía con cierta gracia. En fin, tal vez era el aburrimiento o tal vez es que trataba de llamar la atención de un niño. Obviamente él no le prestaba mayor atención. También que el pobre ya tenía demasiado de qué preocuparse con sus anteojos aterradores y el peluquín que llevaba mal puesto por lo tanto los jueguitos de Isadora le importaban lo más mínimo. Así que Isadora se decidió y prefirió la pelota en lugar del niño.

Después de un rato su mamá la agarró de la mano y la separó de sus amigas. Más a favor para la pelota que no dejaba de subir y bajar estando en manos de Isadora. De repente la pelota bajó demasiado, hizo una finta, rodó hasta caer de la vereda, cruzó la calle y terminó en el otro extremo, cerca de mí, a mis pies. Por un momento no supe qué hacer. Apenas si miré la pelota un segundo, dudando en levantarla, y cuando miré de nuevo hacia el frente vi a Isadora corriendo, acercarse haciendo el mismo recorrido que la pelota para igual que aquella terminar a mis pies. Isadora recogió la pelota con calma, la limpió con un soplido, levantó la mirada, me vio un tanto extrañada y entonces hizo algo que jamás le perdonaré: sonrió.

jueves, 2 de febrero de 2012

Ver: Notas






¿De qué color es un recuerdo?

Cuando eres niño el tiempo es volátil. Un día parece durar un año y un año parece durar un día. Todo es irreal, incluso cuando se sufre.

Dos líneas narrativas. Divergentes. Posición comparativa.
Lo formal, establecido, soportado en la seguridad del volumen adecuado del color. Lo incierto, aparentemente repentino, semiformal caracterizado por el color difuminado.


Importancia de la actitud ante el espacio.

Construcción a partir de la ausencia.

¿De qué color es un recuerdo?


Doble forma. Doble contenido, doble todo. Dualidad eterna. No, constante. No, continua. Dualidad y nada más.

La construcción de espacios. Lo imaginario sobre lo preexistente. Impostura. Montura. Montaje. Paso a paso, cuadro por cuadro, pixel por pixel…

¿De qué color es un recuerdo?

Cada elemento por sí solo es prescindible. La unión de los elementos los hace necesarios. Conjugación, equilibrio, armonía, sinergia.



Sobre una cuerda caminan dos personas. Una sigue a la otra. Una da seguridad. La otra, compañía.

En la esquina pasa el tiempo y en la esquina se detiene. Me veo en ella y pienso quedarme allí. El tiempo vuela sin saber a dónde va. Acaso va hacia la esquina, pero no. No hay esquinas en el mar.

Forma. Fuerza. Figura. Antesala del todo. Línea. Punto. Segmento. Nexo. Angulación. Arriba. Izquierda. Cúbico. Trapezoidal. Las luces brillan y entre ellas la forma se hace forma y la luz desaparece, huye, evade. Plástico. Cartón. Camino. Lámina.


¿De qué color es un recuerdo?