Para la mujer aquella que no ve más allá de su nariz y mira más allá del cielo.
Para la mujer aquella que no puede quedarse callada,
que grita en silencio,
que grita por timidez.
Para ella y sus cabellos largos y negros.
Para ella que quiere ser feliz
y que tiene miedo,
que usa lentes estando ciega.
Para la sorda aquella que aprendió a susurrar en las copas de los árboles
al lado de las hojas.
Para ella verso, porque no podría hacer otra cosa.
Para ella el sueño ácido de la felicidad compartida.
Para ella, que siempre sumará dos y dos
sin hallar el resultado
pensando tal vez que le ha sido negado.
Para ella y sus ojos pequeños, redondos,
grandes,
chicos,
obtusos,
oblongos.
Para ella que duerme
que sueña,
que me sueña,
que sueña con otros,
que sueña con nadie
y que deja de soñar.
Para la mujer aquella que solo buscaba algún lugar donde perderse
porque ya no soportaba su propia presencia.
Por ella y por el lugar nunca encontrado.
Por esa ficción,
por los buques que flotan en las nubes
y los aviones que se sumergen en los mares.
Por todos aquellos que nunca la vieron,
por los que no la vieron como yo la vi.
Callada,
feliz,
sencilla,
compleja,
triste,
elocuente,
andando entre las piedras y las lápidas
cada vez más cerca del cielo,
cada vez más lejos de todo,
pero siempre cerca de su inevitable presencia.
Su propia presencia,
que hiere,
que cura,
que mata,
que nunca la deja tranquila.
Para la mujer aquella, la de las mil preguntas, y la de las respuestas nunca encontradas.
Para ella,
que supo cantar,
que supo jugar,
que supo reír
y que ya no pudo soportar.

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