martes, 22 de noviembre de 2011

La Mas Fuerte de Todas las Fuerzas


Cuando terminó de hablar y le contó lo que tenía que contarle, ella tomó un sorbo de cerveza, respiró profundamente y encendió un cigarrillo, lo observó y trató de encontrar sus ojos, pero el miraba el suelo, las manos aferradas al vaso, la mirada esquiva, perdida.

El bar estaba lleno aquella noche y el bullicio era tremendo, las personas bebían y reían, la música sonaba estridentemente, era un típico viernes por la noche: lleno de jolgorio y alegría, de emociones, encuentros y desencuentros, un torbellino que arrastra a miles de personas hacia centros de diversión y que no las deja escapar hasta altas horas de la madrugada.

En medio de todo ese torbellino estaban ellos… ella, pálida, mirándolo a él, el, mirando el suelo y escuchando el sonido de sus pensamientos….

- Jamás pensé que me dirías algo así, he quedado sorprendida, ella intentó seguir hablando pero un nudo había empezado a formársele en la garganta.

No hubo respuesta, el seguía mirando el suelo, se sentía aliviado de una carga grande, se sentía ligero, libre, pero inexplicablemente una fuerza inmensa lo plantaba en aquella silla, en aquel bar… junto a ella.

Ella estaba herida, se sentía destruida, con muchas ganas de golpearlo y dañarlo tanto como el acababa de dañarla. Pero también se sentía atada a su silla, a ese momento, a ese lugar; miraba su copa de cerveza fijamente, como si esperara que ella le diera una salida, una ruta de escape a la extraña fuerza gravitacional que se había apoderado de su cuerpo y de su mente.

Luego, ambos levantaron las cabezas pesadamente y se miraron fijamente… ambos lloraban.

Aquella noche reconocieron que la fuerza gravitacional que los obligaba a quedarse a quedar en ese bar era la misma fuerza que los obligó a acercarse uno al otro aquella tarde de otoño, cuando miraban el atardecer en aquel puente que dividía la ciudad.

Esa fuerza… la misma que desató una corriente eléctrica que recorrió sus cuerpos al momento del primer beso, la misma que lo obligó a él a cruzar todos los días el puente para dirigirse a la casa de ella.

Esa fuerza… esa fuerza fue la misma que, al final de aquel viernes por la noche, los obligó a darse un abrazo y salir tomados de la mano de aquel bar.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Autores varios



I

Cuatro gatos, un plato con leche, un camino. Uno de los gatos avanza lentamente. Está tuerto así que debe ser precavido. Los otros tres siguen bebiendo del plato que ya está casi vacío. Por el camino se acercan un hipopótamo y un avestruz. El gato tuerto los mira y saluda moviendo la cabeza. El hipopótamo gruñe como respuesta, el avestruz simplemente continúa caminando. El gato tuerto acelera el paso. Se siente atemorizado. Es la primera vez que se aleja de los demás gatos, pero no quiere dar la vuelta para regresar. Llega hasta un árbol y descansa por unos minutos. Parece un lugar bonito, nada especial, pero bonito. Una nuez le cae en la cabeza. Se la ha arrojado una ardilla desde la copa del árbol. El gato tuerto huye asustado. Después de algunos metros se encuentra a salvo. Intempestivamente, una jauría corre a su encuentro. Esta vez el miedo lo paraliza y no puede escapar. Sin embargo, la jauría no lo ataca. Están huyendo de algo más grande. El gato tuerto percibe la amenaza y huye atemorizado. De repente, una fuerte ráfaga lo envuelve y lo arroja lejos del peligro y cerca del lugar donde estaban los tres gatos y el plato de leche. El gato tuerto recupera el conocimiento y ve como el hipopótamo devora a los tres gatos mientras el avestruz y la jauría beben del plato con leche.




II


Cierra la puerta, con fuerza. Asegúrate una vez, dos veces, una más si lo consideras necesario. Listo. Ahora podemos continuar. ¿Recuerdas todo lo que nos dijeron? ¿Lo recuerdas? Espero que sí. Yo no tuve tiempo de anotar así que confío en tu buena memoria. Bueno, comencemos. Primero tenemos que averiguar cuales son los colores característicos del panamericanismo. Luego, comprar una docena de libros en inglés, cualquier autor, cualquier género. Después, consultar en la cartelera del cine si hay alguna función a las seis y media de la tarde. Y también tenemos que…No recuerdo lo que sigue, pero tenía que ver con una linterna, o luces de bengala, o faroles, o algo así. ¿Sabes qué es?



III


- ¡Temporada de conejos!
- Temporada de patos
- ¡¡Temporada de conejos!!
- Temporada de patos
- ¡¡Temporada de conejos!!


(Pausa)


- Temporada de conejos
- ¡¡¡Temporada de…!!! Temporada de conejos
- ¿? ¡Temporada de patos!
- Temporada de conejos
- ¡Temporada de patos!
- Temporada de conejos
- ¡¡ Temporada de patos!!
- Temporada de conejos
- ¡¡Temporada de patos!!
- Temporada de conejos
- ¡¡Temporada de patos!!
- Temporada de conejos
- ¡¡¡Temporada de patos!!!


(Pausa)


- Temporada de patos
- ¡¡¡¡¡Temporada de conejos, dispara!!!!!


Aquel día Bugs Bunny dejó de ser El conejo de la suerte.



martes, 15 de noviembre de 2011




El muchacho de cabellos negros mira a la chica de ojos claros por quinta vez aunque puede que el conteo no sea exacto. Él recuerda haber visto esos ojos, esa mirada, muchas más veces. Claro, se conocen desde hace tiempo o se conocieron hace tiempo, no lo sé.


La chica de ojos claros está sentada en un sofá a la izquierda del muchacho de cabellos negros. Está sentada entre dos amigos de ambos. Hace casi dos horas que conversan sobre algo... algo sin importancia. Sin importancia en relación con lo que la chica de ojos claros y el muchacho de cabellos negros están pensando. Quizá ella teme una mala respuesta. No, eso jamás- piensa el muchacho de cabellos negros. ¿Por qué le contestaría mal si lo único que espero es que ella me diga algo? Si espero un poco más tal vez se anime. Pasa una hora más y nada ocurre. La chica de ojos claros lo mira con desprecio. ¿Y eso? El muchacho de cabellos negros no recuerda haberle hecho nada malo. Ni ahora, ni hace una semana, ni hace siete años. Ambos se miran. ¿Qué es? Odio, indiferencia, repudio. Ninguno puede arriesgar tanto. Están tomando esto demasiado en serio, juegan a la víctima y al victimario, al victimario y a la víctima. ¿Quién es quién?, ¿lo saben? Continúan el juego. La situación se vuelve horrible. No puede seguir así. Rápido cambio de idea. Se acaba el tiempo. Vamos. Punto aparte. Nuevo párrafo, nueva idea, nuevo comienzo. No lo sé.



Anochece. Tal vez llueva. La chica de ojos claros y el muchacho de cabellos negros salen de la casa. La reunión ha terminado y cada uno de los chicos toma caminos distintos. La chica de ojos claros le pide al muchacho de cabellos negros que la acompañe. No está muy lejos (nada está lejos para él) así que acepta. La lluvia hace que el muchacho de cabellos negros recuerde la canción de una película antigua. Intenta tararearla pero desiste rápidamente. Ha decidido acompañar a la chica de ojos claros hasta su casa y eso es lo que importa. En este momento lo demás no existe, nada existe, ni siquiera ellos… Bueno, no es para tanto.



Caminan cinco cuadras en silencio. Ella avanza con los brazos cruzados y él con las manos en los bolsillos. La lluvia quedó sólo en una promesa (seguro ella también recordó esa canción) así que ninguno tiene prisa. Van lentamente por las calles oscuras. El muchacho de cabellos negros trata de recordar la primera vez que vio a la chica de ojos claros: fue cuando ambos eran niños. Era verano - o sea, vacaciones - y ella iba todos los sábados a jugar al parque frente a la casa de él. No se animó a salir si no hasta el último día. Jugaron juntos toda la mañana y toda la tarde, así pudo enterarse que vivía lejos (todo estaba lejos en ese entonces) y que estudiarían en el mismo colegio durante ese año. Pasó ese año y otro más y luego no la volvió a ver hasta después de cinco años en una situación que no vale la pena recordar.




La chica de ojos claros le dice algo al muchacho de cabellos negros. No le prestaba atención así que le pide que repita lo que dijo. Ella le pregunta si recuerda cuando fue la última vez que se vieron antes de hoy. Él le cuenta lo que ocurrió aquella vez, ella se ríe hasta que nota incomodidad en él. Sin ocultar una sonrisa trata de calmarlo y lo consigue (ella puede conseguir muchas cosas).



Continúan caminado. El muchacho de cabellos negros y la chica de ojos claros ahora conversan con más calma. En realidad no tiene mucho que decirse, hablan de cualquier cosa que se les ocurre, pero eso no importa. Se sienten bien uno en compañía del otro. Llegan a donde tienen que llegar y entonces se despiden. Prometen verse nuevamente, esta vez sin dejar pasar tanto tiempo. Se despiden. Ella entra en su casa y él se aleja lentamente. Hace mucho que no se sentía tan bien. Ahora la lluvia cumple su promesa, pero no importa. Esta vez recuerda la canción y empieza a tararearla una y otra vez.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Phillip Dendras






Philip Dendras ha sido nominado al Oscar. La noticia se dio a conocer esta mañana durante la conferencia de prensa de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Es la primera vez que es nominado después de una larga trayectoria de veinte largometrajes considerados obras maestras y una cincuentena de guiones que van del bodrio a la genialidad.



A las seis y media de la mañana, Philip Dendras, cineasta griego de 65 años, se preparaba la décima taza de café del día. Estaba despierto desde la una de la mañana tratando de terminar un artículo para una revista especializada y había aprovechado la falta de inspiración para revisar una vez más su colección de películas. La mayoría eran westerns y la mayoría de estos westerns llevaban la firma de John Ford, su director favorito. Él nunca ha dirigido un western y nunca ha dejado que la admiración por el trabajo de Ford influya en su estilo de realización. Para eso prefiere a Orson Welles o a Buster Keaton, a quienes también admira y de los cuales solo tiene unas tres películas de cada uno.


Comenzó a eso de dos y media con La diligencia, de Ford y con los demás títulos emblemáticos. No vio las películas completas, solo seleccionó las escenas que más le gustaban. Así hasta las seis y media y la décima taza de café cuando estaba buscando el final de Seven chances, de Buster Keaton. Mientras tanto trataba de reflexionar sobre la influencia del expresionismo en el nuevo cine asiático o alguno de los otros dos temas comodines que tiene para escribir su artículo.


Deja la taza vacía en la cocina y se echa en su cama hasta que den las siete. El artículo puede esperar todavía hasta mañana- piensa. Entonces toma conciencia de su actitud. Este momento le recuerda una película húngara que vio hace mucho tiempo donde uno de los personajes, aburrido de la rutina decide encerrarse en su habitación hasta que ocurra una revolución que cambie la sociedad.


Son siete y media de la mañana. Han pasado otras dos tazas de café y la luz del sol anima a Philip Dendras a prender el televisor. Entre otras noticias se entera que ha sido nominado al Oscar como mejor director. No asimila la idea hasta que ve una fotografía suya en uno de los monitores. Trata de recordar el título de la película por el que ha sido nominado (la actriz británica que lo nombró tiene una pésima pronunciación así que esto es necesario) pero falla en el intento. Espera hasta escuchar los nominados a mejor película y apaga el televisor. Termina lo que será su última taza de café, regresa a la computadora para comenzar a escribir su artículo y terminarlo antes de mediodía. Cita una escena de Nosferatu, recuerda una melodía que solo él conoce y se lamenta de no haber comenzado a escribir ayer por la noche.