El muchacho de cabellos negros mira a la chica de ojos claros por quinta vez aunque puede que el conteo no sea exacto. Él recuerda haber visto esos ojos, esa mirada, muchas más veces. Claro, se conocen desde hace tiempo o se conocieron hace tiempo, no lo sé.
La chica de ojos claros está sentada en un sofá a la izquierda del muchacho de cabellos negros. Está sentada entre dos amigos de ambos. Hace casi dos horas que conversan sobre algo... algo sin importancia. Sin importancia en relación con lo que la chica de ojos claros y el muchacho de cabellos negros están pensando. Quizá ella teme una mala respuesta. No, eso jamás- piensa el muchacho de cabellos negros. ¿Por qué le contestaría mal si lo único que espero es que ella me diga algo? Si espero un poco más tal vez se anime. Pasa una hora más y nada ocurre. La chica de ojos claros lo mira con desprecio. ¿Y eso? El muchacho de cabellos negros no recuerda haberle hecho nada malo. Ni ahora, ni hace una semana, ni hace siete años. Ambos se miran. ¿Qué es? Odio, indiferencia, repudio. Ninguno puede arriesgar tanto. Están tomando esto demasiado en serio, juegan a la víctima y al victimario, al victimario y a la víctima. ¿Quién es quién?, ¿lo saben? Continúan el juego. La situación se vuelve horrible. No puede seguir así. Rápido cambio de idea. Se acaba el tiempo. Vamos. Punto aparte. Nuevo párrafo, nueva idea, nuevo comienzo. No lo sé.
Anochece. Tal vez llueva. La chica de ojos claros y el muchacho de cabellos negros salen de la casa. La reunión ha terminado y cada uno de los chicos toma caminos distintos. La chica de ojos claros le pide al muchacho de cabellos negros que la acompañe. No está muy lejos (nada está lejos para él) así que acepta. La lluvia hace que el muchacho de cabellos negros recuerde la canción de una película antigua. Intenta tararearla pero desiste rápidamente. Ha decidido acompañar a la chica de ojos claros hasta su casa y eso es lo que importa. En este momento lo demás no existe, nada existe, ni siquiera ellos… Bueno, no es para tanto.
Caminan cinco cuadras en silencio. Ella avanza con los brazos cruzados y él con las manos en los bolsillos. La lluvia quedó sólo en una promesa (seguro ella también recordó esa canción) así que ninguno tiene prisa. Van lentamente por las calles oscuras. El muchacho de cabellos negros trata de recordar la primera vez que vio a la chica de ojos claros: fue cuando ambos eran niños. Era verano - o sea, vacaciones - y ella iba todos los sábados a jugar al parque frente a la casa de él. No se animó a salir si no hasta el último día. Jugaron juntos toda la mañana y toda la tarde, así pudo enterarse que vivía lejos (todo estaba lejos en ese entonces) y que estudiarían en el mismo colegio durante ese año. Pasó ese año y otro más y luego no la volvió a ver hasta después de cinco años en una situación que no vale la pena recordar.
La chica de ojos claros le dice algo al muchacho de cabellos negros. No le prestaba atención así que le pide que repita lo que dijo. Ella le pregunta si recuerda cuando fue la última vez que se vieron antes de hoy. Él le cuenta lo que ocurrió aquella vez, ella se ríe hasta que nota incomodidad en él. Sin ocultar una sonrisa trata de calmarlo y lo consigue (ella puede conseguir muchas cosas).
Continúan caminado. El muchacho de cabellos negros y la chica de ojos claros ahora conversan con más calma. En realidad no tiene mucho que decirse, hablan de cualquier cosa que se les ocurre, pero eso no importa. Se sienten bien uno en compañía del otro. Llegan a donde tienen que llegar y entonces se despiden. Prometen verse nuevamente, esta vez sin dejar pasar tanto tiempo. Se despiden. Ella entra en su casa y él se aleja lentamente. Hace mucho que no se sentía tan bien. Ahora la lluvia cumple su promesa, pero no importa. Esta vez recuerda la canción y empieza a tararearla una y otra vez.
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