lunes, 27 de agosto de 2012

De qué hablamos cuando hablamos


«Nuestros dolores tienden a aliviarse leyendo. Mentira. No se alivian: cambian de dirección. Salen de casa.» dice Andrés Neuman en un post de su blog. Y es cierto, los temores se escapan, las realidades se vuelven lejanas, los temores y el dolor no se calman, se anestesian, se duermen, el desencanto se serena, se apena, se vuelve indefenso, su inocuidad conmueve. Pero está ahí. Escribir así como leer, tiene sus riesgos melancólicos, el feliz también escribe, pero el triste escribe más. El triste busca la compañía lejana, sutil, compasiva y permisiva de las letras, de la conciencia, de sí mismo. Escribir permite ser un tercer personaje en la obra, ser un observador de uno mismo. Pero escribir aveces es como hablarle a un hueco profundo que no responde ni con el eco. «No le cuentes nada a nadie», finaliza aquel libro que me gusta tanto, El guardián entre el centeno. «No le cuentes nada a nadie. Si lo haces, empiezas a echar de menos a todo el mundo.». Ahora mismo escribo. Adivina qué. Te empecé a extrañar. Cuando uno escribe extraña hasta lo que no tiene lejos. Son esos momentos en los que uno debo parar.

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